Wallay, de Berni Goldblat: El imprevisible tejido del mundo

Por Olivier Barlet (Africultures)

Conocido por su inagotable activismo a pesar de su discapacidad para la reconstrucción del Cine Guimbi en Bobo-Dioulasso, Berni Goldblat, cineasta con nacionalidad suiza y burkinesa, casado y totalmente integrado en la ciudad de Bobo desde hace mucho tiempo, llamó la atención por su documental sobre los buscadores de oro, Los de la colina, y las distintas películas realizadas en la asociación que preside, Cinomade. Tras siete años de esfuerzos, nos entrega Wallay, una ficción que comenzó su carrera internacional en la Berlinale y luego en el Festival de Cannes, antes de recorrer el mundo. Sin embargo el Fespaco de Uagadugú la había relegado escandalosamente al rango de sesión especial.

¿Qué es lo que impedía que una película decalidad muy superior a la de las tres otras películas burkinesas seleccionadas fuera también incluida en la competición del Fespaco, cuando Wallay está realizada por un equipo casi integralmente burkinés, rodada al 95% en Burkina Faso, coproducida por Burkina y beneficiaria del apoyo del ministerio de Cultura?[i] ¿Será porque su director tiene la piel blanca? ¿Será que no habría quedado bien si un europeo hubiera ganado la máxima recompensa? ¿Tanto como cuando un negro accede a la presidencia americana? Si insisto en este punto, es porque estamos muy cerca de la temática de la película: la relación intercultural y el mestizaje, tomando como punto de partida el lugar de África en el mundo.

Como escribe Achille Mbembe, “hablar como africano no garantiza gran cosa, a veces ni siquiera una cierta autenticidad”. Esto no quita que las voces africanas no tengan pertinencia y necesiten ser visibilizadas, pero implica una exigencia: salir del paradigma de la diferencia para abrazar el pensamiento de un mundo sin divisiones[ii].

¿Por qué África nos importa tanto? ¿Por qué vamos a ver películas africanas? Justamente porque en un mundo que se encierra sobre sí mismo y refuerza las fronteras, las expresiones culturales abren las puertas a una humanidad unida en su diversidad. En cualquier pueblo africano, se viven tensiones que reflejan las del mundo. La manera en que la gente las supera valorando la incertidumbre, nos interesa porque nos enseña a existir en un mundo en crisis. Es lo que acontece en Gaoua, esa aldea de Burkina Faso a la cual Ady, un muchacho de Vaulx-en-Velin es enviado por su padre. Entenderá rápidamente que no está allí de vacaciones, sino para que su tío predicador Abdou (el tremendo Hamadoun Kassogué) le dé una lección. Acogido por su primo Jean (Ibrahim Koma), este joven “insolente, ladrón y mentiroso” tendrá que adaptarse, atrapado, rebelde pero poco a poco emocionado por lo que le rodea, en particular cuando va a visitar a su abuela (Joséphine Kaboré) a la aldea, a la casa donde nació su padre. El resultado hubiera podido ser una película sensiblera y previsible, sin embargo es de una extrema sutileza. Simplemente porque esta abuela representa la conciencia que los occidentales deniegan tan a menudo a los africanos: “Somos más los hijos de una época que los hijos de nuestro padre”, dice ella. Simplemente porque el tío sabrá reconocer las contradicciones de sus principios educativos tradicionales. Simplemente porque su primo acoge a Ady sin juzgarlo pero insistiendo en lo esencial. Simplemente porque el joven Makan descubre la riqueza que lleva en él sin saberlo, a través de sus distintas identidades.

Nada es caricaturesco ni forzado. Como la hermosa escena de la fiesta del pueblo donde Ady entra en la danza sin imponerse. Igualmente, su acercamiento a la atractiva Yéli (Mourina Kankolé) se sitúa al nivel de las posibilidades. El violonchelo de Vincent Segal acaricia suavemente los rostros y la sabana. Esta película nos cuenta que lo importante no es el sello cultural sino la huella, que una iniciación tiene que ser sutil, que la belleza se encuentra en el hecho de compartir y la escucha.

Wallay es una expresión que viene del árabe, de moda en diferentes países subsaharianos y que significa “es verdad, te lo juro”, al igual que ya sida en mossi. Es una afirmación, un reconocimiento. No ha de sorprender que Berni Goldblat, con su propio mestizaje cultural, quisiera tratar la iniciación de un joven mestizo que vive en el Norte y va a descubrir sus raíces africanas. De padre polaco y de madre suiza, creció en Suecia y vive en Burkina Faso desde hace veinticinco años; él mismo ha vivido este encuentro sensible entre varios mundos, la alteración y el reajuste de su personaje en busca de futuro. Sin por ello caer en la idealización o en la simplificación de una ilusiva dualidad que situara la verdad en un solo lado del Mediterráneo.

Por lo tanto, Berni cultiva la ternura hacia sus personajes y consigue conmocionarnos al incluir en su estética los fundamentos de los cines de África, pero modernizándolos en el montaje y el encuadre, introduciendo hábilmente primeros planos en los habituales planos medianos o generales, siguiendo el ritmo de los cuerpos y manteniendo las escenas de desplazamiento. Le confiere a la película un tono acertado, sin efectos inútiles ni adulación, y el juego de los actores admirablemente bien dirigidos y elegidos abunda en este sentido. Su invitación a viajar nos lleva al encuentro de un África que valora el tejido de las afiliaciones para comprender la totalidad de un mundo que hay que poner en marcha.

[i] Como fue también el caso de Tant qu’on vit (Medan vi leverde Dani Kouyaté.
[ii]  « Penser le monde à partir de l’Afrique », in : Ecrire l’Afrique-Monde, éd. Philippe Rey/Jimsaan, 2017, p. 381

Artículo original publicado en Africultures el 27 de junio de 2017
Traducción al español: Marion Berger, programadora del FCAT

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