Repasando los cines de África en la Filmoteca Española

[Marion Berger y Federico Olivieri, 1 de abril de 2013]

Cada mes son muchos los puntos, tanto dentro como fuera de España, donde el cine africano se exhibe en lengua española gracias a los ciclos de Cinenómada del FCAT-Córdoba. A lo largo de estas últimas semanas de marzo y durante todo el mes de abril, la Filmoteca Española está celebrando “Lo mejor del FCAT”, un nuevo ciclo que, por primera vez, lleva un amplio abanico de producciones made in Africa en el histórico Cine Doré de Madrid. Todas las películas aquí seleccionadas pasan así a formar parte de la programación de la institución española más emblemática en el ámbito de la cinefilia, compartiendo espacio con otros títulos mayores de la historia del cine.

Fachada del histórico Cine Doré de Madrid, sede de la Filmoteca Española

Desde ÁfricaEScine no sólo queremos compartir con todos esta importante noticia, sino que queremos aprovechar la ocasión para ofrecer el siguiente repaso de la evolución de una cinematografía que el FCAT lleva promoviendo desde hace diez apasionantes años. Mientras el público del Cine Doré disfruta en estos días del mejor cine del continente vecino subtitulado en español en Madrid, “Lo mejor del FCAT” en la Filmoteca Española representa también la materialización de una de las máximas del festival cordobés: el “cine africano”, antes de ser “africano”, es también “cine”. Y para entenderlo mejor, presentamos a continuación las ideas que Marion Berger, programadora del FCAT, pronunció al presentar este ciclo.

Porque el “cine africano”, antes de ser “africano”, es también “cEn lugar de hablar de “cine africano”, deberíamos hablar de “cines africanos”, o de “películas africanas”; incluso simplemente de películas que por casualidad han sido realizadas o producidas en África. En un primer lugar porque las realidades del sector son muy distintas de un país al otro. En segundo lugar, porque delimitar la nacionalidad de una obra cinematográfica es una tarea compleja: desde los pasaportes de los cineastas hasta los lugares de rodaje y las procedencias de la financiación, muchos continentes están implicados. Por último, porque la búsqueda de una identidad africana ya no es la mayor preocupación de sus autores. Más que de países o nacionalidades, a éstos les interesa lo humano y sus reacciones íntimas frente a su cotidianeidad, que resulta ser, por cierto, africana.

La misión que los pioneros se impusieron en el momento de las independencias era la de descolonizar las mentes y las pantallas, a la vez que recuperar una mirada propia sobre sus sociedades tras décadas de colonialismo, reconquistando un espacio, este « espacio espejo[1] » en el cual los espectadores africanos pudieran identificarse. Rápidamente se atribuyeron el papel de participar en el cambio social a través de la afirmación de una identidad cultural africana auténtica. Sus películas denunciaban entonces el mimetismo al modelo occidental por parte de las nuevas élites a la vez que criticaban las tradiciones obsoletas que obstaculizaban el progreso.

Fotograma del largo Rêves de Poussière, de Laurent Salgues
Fotograma del largo Rêves de Poussière, de Laurent Salgues

En los años 80, con la desilusión hacia las independencias y la persistencia del neocolonialismo, los cineastas buscaron en la tradición oral esos valores auténticamente africanos que la colonización había seriamente esquilmado. Aparecieron entonces películas ambientadas en el mundo rural, poniendo en imágenes mitos fundacionales o episodios de la historia pre-colonial. Formaban el llamado “cine de calabaza” tan apreciado en Occidente, pero percibido como un cine exótico y folclórico.

En los años 90, una nueva generación de cineastas abandonó esta búsqueda identitaria que, de algún modo, les encerraba en una especificidad cultural. Siguiendo los pasos de Djibril Diop Mambéty, quien ya proponía en los años 70 hacer un cine no sólo de denuncia, sino también capaz de reinventar sus formas, el chadiano Mahamat Saleh Haroun afirma que “la actualidad requiere una conciencia que se vea acompañada de un pensamiento. Ya no se puede producir para despertar las mentes, esto ya no es suficiente. Es necesaria la humildad de llevar el debate al propio terreno del cine como creación artística en sí, y no sólo para hacer progresar las causas [2]”. Haroun y sus contemporáneos abren así el camino a una escritura cinematográfica más original y arriesgada. Los cineastas africanos abandonan el mito y la primacía de lo colectivo para interesarse por la singularidad de individuos que evolucionan en realidades tratadas en toda su complejidad. Liberadas de mensajes ideológicos, las películas se centran en la interiorización de sus personajes, lo que les hace pertenecer no sólo al continente africano, sino al mundo entero.

La selección que proponemos aquí en ‘Lo mejor del FCAT’ – once largometrajes de ficción producidos entre 2005 y 2010, todos premiados en ediciones anteriores del festival y/o en otros grandes festivales del mundo – es representativa de esta nueva tendencia de la producción cinematográfica africana y de su diversidad.

El ciclo arranca en marzo (mes que, con la cita internacional que representa el día 8, dedicamos a la mujer) con cuatro películas realizadas por mujeres, siendo todavía demasiado pocas las que pueden hacer cine en el continente vecino. La primera ficción de Djamila Sahraoui, Barakat! (2005), es una de las muchas películas argelinas de principio de siglo que vuelven sobre los acontecimientos de la década anterior, los años del terrorismo islamista, y que componen la corriente del realismo social que marcó parte de la producción de esta época en Argelia. Le chant des mariées (2008) de Karin Albou cuestiona la sociedad tunecina a través de los sentimientos y la sensualidad que circula entre las mujeres y observa como la guerra y la adhesión religiosa pueden afectar una amistad. Imani (2010), segundo largometraje de ficción de la producción ugandesa, es el retrato íntimo de la vida de tres personajes luchando por su vida cotidiana, una radiografía, con toques documentales, de una sociedad donde las clases coexisten pero no se escuchan las unas a las otras. Finalmente, Raja Amari consigue, con su cuento de hadas negro Dowaha (2009), liberarse de la tendencia de las películas africanas a contenerse en los límites de la representación social para sumergirnos en el drama de tres mujeres vinculadas por el peso de un secreto que cada una tiene que cargar.

Fotograma del largometraje Daratt, del chadiano Mahamat Saleh Haroun
Fotograma del largometraje Daratt, del chadiano Mahamat Saleh Haroun

La selección de abril nos hace recorrer el continente de Marruecos a Sudáfrica y de Sierra Leona hasta Etiopía, en una variedad de géneros, estilos y temáticas. Del thriller a la comedia dramática, del relato clásico a la docu-ficción, del terrorismo islamista a los niños soldados, son historias en primera persona que cuestionan, más que juzgan, a través de la mirada de autores que no intentan esconder sus dudas. Daratt (2006) es un duelo a puerta cerrada entre un hijo y el asesino de su padre que tiene que ser vengado, la coreografía propiamente física de un enfrentamiento entre dos personajes que se escrutan, se juzgan y se domestican. Ezra (2007), al contrario de Daratt, no da solución para romper con el círculo vicioso de la venganza. Poniendo en escena el juicio de un ex niño soldado con una serie de flash-back hacia su vida anterior, la película explora cómo el sistema desvía al ser humano. Making of (2006)  también reflexiona sobre un fenómeno que corrompe la juventud, haciendo el diagnostico del mal endémico que es el integrismo y proponiendo revelar sus métodos para extirparlo del cuerpo social. Adaptación de la novela homónima de Marlen Van Niekerk, Triomf (2008) es una alegoría sobre el fin del Apartheid y el inicio de una nueva Sudáfrica. Recordando a veces Brutti, Sporchi e cattivi (1976) de Ettore Scola, este film de Michael Raeburn ilustra la putrefacción de un sistema a través de la descomposición de una familia de la clase popular blanca llena de prejuicios, alienada por su miedo al otro y por su repliegue sobre sí misma. En un estilo muy distinto, Rêves de poussière (2006) nos lleva a las minas del norte de Burkina Faso que describe sin trasfondo sociológico y con planos fijos estáticos el trabajo de Sísifo de los buscadores de oro; una lenta y monocroma mediación donde el polvo invade hasta los sueños de riqueza inalcanzable. Mezclando la ficción con imágenes de archivo, Atletu (2009) de Rasselas Lakew es el retrato del legendario corredor de maratón etíope, Abebe Bikila, el primer atleta africano negro en ganar una medalla de oro en los juegos olímpicos.

Fotograma de WWW.What a Wonderful World, de Faouzi Bensaïdi
Fotograma de WWW.What a Wonderful World, de Faouzi Bensaïdi

Por fin, el thriller Www.what a wonderful world (2007), con sus créditos a lo James Bond, su personaje a lo Goldfinger y sus múltiples referencias al cine mundial, de Murnau a Jarmusch y de Tati a Almodóvar, se erige como un manifiesto, rompiendo con los esquemas que encierran el cine llamado “del Sur” en lo que el Occidente espera de él: un cine identitario y social.

Agradecemos nuevamente desde el FCAT a la Filmoteca Española por tomar el relevo en la difusión de los cines africanos, cines que tristemente son casi invisibles en España, en Europa y en su propio continente.

 


[1] André Gardies, Cinéma d’Afrique noire francophone, l’espace miroir, L’Harmattan 1989

[2] Citado por Guadalupe Arensbourg en: Cinematografías de África. Un encuentro con sus protagonistas, Casa África 2010

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