¿Qué películas nos trae el FESPACO?

[Escrito por Justin Ouoro, AWOTELE*. Traducido por Verónica Ruiz y Nonou Loum, FCAT]

El Festival panafricano de cine y de televisión de Uagadugú (FESPACO, por sus siglas en francés) es el festival de cine africano más visto en el África negra francófona. Creado en 1969 en el tiempo que siguió a las independencias africanas (y, por tanto, tras la ocupación), el FESPACO es el origen de una iniciativa privada de un grupo de quince amigos burkineses, abonados por aquella época al Centro Cultural Francés Georges Méliès de Uagadugú.

Tras varias décadas de existencia, el FESPACO es para muchos la institución por excelencia de la celebración de la expresión artística de la vida cotidiana del África postcolonial. Más de cuarenta años tras su institucionalización en 1972, es conveniente cuestionarse la vocación de este festival a lo largo del tiempo, y examinar su objetivo real desde el punto de vista de la creación cinematográfica en el continente y, más particularmente, en el África subsahariana.

Desde este punto de vista, una gran cuestión merece ser realizada. Hoy por hoy, ¿están en consonancia el FESPACO y la expresión cinematográfica actual del continente?

Para responder a esta pregunta relativa a la relación entre el FESPACO y la actualidad de las producciones cinematográficas africanas, nos ceñiremos a la historia tal y como es.

En primer lugar, hay que señalar que el itinerario histórico del FESPACO se ha visto afectado por los sobresaltos políticos que han marcado su contexto de emergencia. La efervescencia intelectual se ha prolongado durante la primera década tras la independencia, debido a la ocupación de la escena cultural por intelectuales cansados de esperar el advenimiento de los tan deseados cambios y la materialización de las esperanzas que habían sido alimentadas por el nacimiento de los Estados africanos.

Debido a esta efervescencia cultural, el FESPACO será llevado a cabo desde sus inicios, gracias a la acción conjugada de los abonados al Centro Cultural Francés Georges Méliès de Ouagadougou (hoy, Instituto Francés de Ouagadougou) y de los escritores y hombres de letras reunidos en el seno del Círculo de Actividades Literarias y Artísticas del Alto Volta –actual Burkina-Faso- (CALAHV).

Posteriormente, la iniciativa nacida del deseo ontológico de mirarse a uno mismo, bautizada al principio como Semana Nacional del Cine Africano, tomará rápidamente la forma de un festival en 1970. Una mutación hecha posible gracias al beneplácito de las autoridades políticas, que ven en ello la oportunidad de reencauzar un presente caótico, pero también gracias a la voluntad de los primeros cineastas del continente, entre los que encontramos a Sembène Ousmane, que ven en esta iniciativa la tribuna ideal para la celebración de sus creaciones artísticas. Así, se habrá remarcado que cinéfilos, políticos y cineastas miran en la misma dirección, pero no ven lo mismo.

En 1972, el FESPACO será institucionalizado y panafricanizado. El contexto sociopolítico se prestaba a ello. El FESPACO se convertía así en la institución que albergaría la expresión artística de los ideales que han alimentado las luchas independentistas y que han fundado el espíritu de un renacimiento. El cuidado y la ostentación de las culturas africanas que acababan de conocer los ataques de la colonización; la crítica a las prácticas tradicionales, que eran vistas como retrógradas; la conquista del espacio de la pantalla africana, que estaba ahora sumiso al monopolio de las imágenes occidentales; la valorización de las lenguas africanas, pero también el testimonio del desencanto que sigue a la adquisición de las independencias y la denuncia de los graves ataques a las libertades colectivas e individuales, perpetrados por el nuevo poder africano constituían, en suma, la osamenta temática de las producciones cinematográficas y los objetivos políticos.

La alteridad de estas producciones cinematográficas frente al modelo occidental reside menos en las temáticas mostradas que en la manera de dar forma a esas temáticas.

La práctica cinematográfica africana se especificará más por la adopción de una línea estética al mismo nivel de las que serán consideradas durante largo tiempo las creaciones fílmicas del continente.

Los factores fundamentales que hacen de esta estética algo real aparecen relacionados íntimamente con el tratamiento ideológico del espacio, con cómo se desarrolla el relato fílmico, con  la cinematización de los saberes locales, un todo que nace de la voluntad de documentalizar la ficción.

Los cineastas africanos debían participar de esta perspectiva para aspirar a hacerse con el Étalon de Yennega, la mayor distinción del FESPACO. Por tanto, debían ajustar sus creaciones a los ideales panafricanos de los cineastas (FEPACI), es decir, respetar los cánones estéticos y las temáticas que estaban al gusto del momento.

Tal opción acentuará la orientación política y pedagógica del FESPACO, que será llevado a su paroxismo por la efervescencia y el entusiasmo panafricanistas que animaban los renacidos Estados africanos ( los Estados africanos, recién nacidos).

Este trabajo conjunto entre lo político y lo artístico servirá como el germen federador que favorezca la consolidación del FESPACO, considerado como una cita cultural ineludible en el África negra francófona.

Sin embargo, desde el inicio de la década de 2000, políticos, cinéfilos y cineastas, que hasta ese momento miraban en la misma dirección sin ver lo mismo, toman conciencia de sus diferentes puntos de vista. Los políticos no quieren asumir (tienen dificuldades para sobrellevar) las cargas económicas de la institución panafricana que ayudaron a crear. La deuda comienza a pesar sobre los débiles hombros del país anfitrión, que está bien lejos de ser el más pudiente en el terreno económico. Los cineastas que animan normalmente las salas de cine y cuyas obras son alabadas a veces por el público no tienen cabida en el festival. Ellos mismos se preguntan si el FESPACO sigue siendo todavía un escaparate donde mostrarse o si se ha convertido en una pantalla que no deja vérseles.

¿Es el FESPACO un escaparate o una pantalla?

Las acerbas críticas venidas de los asistentes al festival y de los cineastas desde el brusco cambio de la década de 2000 son reveladoras de un cierto malestar. Citemos, a este propósito, a Boubacar Diallo, uno de los más prolijos cineastas burkineses a día de hoy:

“En lo que se refiere al FESPACO, como ya dije al inicio de mi experiencia cinematográfica, el festival no es mi prioridad (…). Por supuesto, ya sabe, y dejemos de irnos por las ramas, que nuestra manera de trabajar no está necesariamente bien vista por todo el mundo. (…) Si no llegáramos a brillar, como dice usted, tendría que decirle simplemente que a los que no les gusta nuestro modo de hacer cine, los que aman que no tengamos nuestro lugar en el cine africano, son los mismos que están bien dentro del jurado (…). Somos nosotros los que tenemos que tener la inteligencia también de dejar de exponernos. Nuestro jurado es el público y no una horda de especialistas tan brillantes que se reúnen cada dos años para dar su opinión o haceros ver sus sensaciones sobre nuestro trabajo. Ya sabe que en el FESPACO, y es verdad que esto nunca se dice, hay una regla no escrita”.

Además, en una entrevista concedida en Cannes, Mahamat-Saleh Haroun también denuncia con vehemencia la fuerte influencia política en el FESPACO y hace un llamamiento a una reflexión más profunda de la cuestión.

El malestar es bien conocido. Ha suscitado numerosas reflexiones que se han orientado generalmente hacia la mejora de las condiciones de la organización del festival y hacia la búsqueda de nuevas fuentes de financiación, con idea de dotarlo de medios consecuentes y de velar por una sana gestión de sus finanzas. Se ha pensado así que el mal era fundamentalmente  económico y que, por consiguiente, el remedio debía ser esencialmente económico.

Sin negar la importancia de la dimensión económica y, ocasionalmente, organizativa, nos parece que el FESPACO sufre un malestar más profundo, y el económico no es más que una manifestación sintomática causada por momentos de fiebre organizativa.

Por tanto, no sería oportuno limitar la receta curativa a una simple difusión financiera. En realidad, más allá de las dificultades económicas evidentes, el FESPACO atraviesa una crisis que sigue al advenimiento de un nuevo orden social al que no se ha adaptado demasiado bien. Las crisis sociopolíticas que aparecen en el continente africano y el auge de las tecnologías audiovisuales y de la comunicación han creado, en efecto, nuevas preocupaciones y ha impuesto muy a menudo una estética que no está en consonancia con la línea original a seguir de este festival panafricano.

La cuestión es, por tanto, saber cómo puede el FESPACO volverse a abrir para tomar en cuenta las nuevas exigencias sociales y las innovaciones estéticas que traen las nuevas tecnologías, sin perder su identidad.

Para nosotros, el mal del FESPACO es estructural y político a la vez. Es urgente reflexionar a partir de sus textos fundadores y de los fundamentos políticos que dictan los criterios estéticos que se siguen y que funcionan. Es decir que más allá de la perfusión financiera, la reforma y la refundación del FESPACO constituyen, hoy por hoy, una operación indispensable para que este evento cultural sobreviva.

Por otro lado, hay que proceder a una relectura de los textos de este festival, buscándose en ese sentido su autonomía y su despolitización. (…) Para desarrollarse verdaderamente como una industria cultural, deberá librarse de las amarras políticas que lo reducen a una fiesta foránea y que le impiden entenderse como adulto.

La estética panafricanista de contornos imprecisos en la que está encerrada desde su institucionalización, se está convirtiendo poco a poco en una camisa de fuerza demasiado estrecha que limita el esplendor artístico de las jóvenes generaciones de cineastas africanos, que aspiran a ser cineastas sin más. El discurso político de los años ’70 ya no es aplicable. Además, los políticos (y las políticas) actuales juzgados sin razón como responsables del presente caótico del África postcolonial no parecen muy creíbles a los ojos de las jóvenes generaciones, como para apadrinar un festival que debería ser para muchos el lugar de liberación de la voz social.

Con respecto a este malestar general, la reforma y la refundación del FESPACO constituyen una receta necesaria para poner en consonancia al festival con las nuevas realidades y para instaurar una cierta confianza entre los diferentes actores del séptimo arte africano. Esta doble operación debería permitir a la vez consolidar el arraigamiento africano y su universalidad, tal es la vocación del arte: ser a la vez particular y universal.

Desde luego, toda la competición supone unas reglas elitistas cuya finalidad es hacer una selección. Pero es necesario, también, que estas reglas estén al día. Es por eso que hay que aplaudir las innovaciones llevadas a cabo por la delegación general del FESPACO, que son efectivas a partir de esta edición de 2015. Estas innovaciones auguran para el festival días mejores. La apertura del FESPACO a la Diáspora, especialmente, en lo que respecta a las películas en competición, la aceptación de películas realizadas con ayuda de efectos digitales… Son tantas las medidas salvadoras e inclusive las que aportan un soplo de aire fresco a la bienal del cine africano.

Estas innovaciones merecen ser acompañadas de una reflexión más profunda, antes incluso de tener en cuenta los objetivos inherentes a su puesta en marcha. Guardamos así la esperanza de que el coloquio que será organizado en torno al tema de la presente edición, Cine africano: producción y difusión en el área digital, marcará los hitos de una reflexión como esta.

 

Justin OUORO

ASCRIC-B

Burkina-Faso

* Este artículo forma parte de la revista AWOTELE, dedicada a la crítica cinematográfica africana.

Traducción del texto original: Verónica Ruiz y Nonou Loum, FCAT.

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