One man’s show: La mirada delatora de los otros

Autor: Nolasco Díaz Alcaide*

One Man’s Show, de Newton I. Aduaka (Francia, 2012)

En un pequeño camerino, un actor de cincuenta años prepara la salida a escena para interpretar su monólogo. Aunque experimentado, sabemos que Emil es un hombre frágil. Enfrentarse al escenario es siempre una labor delicada y la personalidad del actor juega un papel determinante en el éxito o fracaso de la obra. Sólo volveremos a ver al protagonista revelando su diálogo interior, una vez más, y lo hará de nuevo en un espacio privado. Ha ocultado toda su vida a la vista de los demás.

fotograma One Mans ShowCon un lenguaje austero, cámara al hombro, una puesta en escena sencilla pero muy eficaz, dando a cada espacio y figura un carácter propio, al valerse, entre otros elementos, de un color particular para cada personaje, unido al excelente interpretación de los protagonistas. El empleo de diversos formatos de video y el ajuste de su velocidad para distinguir las secuencias imaginarias, pulsionales, o los recuerdos de Emil, son los sencillos recursos con que el realizador Newton I. Aduaka encadena la acción. La inteligente utilización de los espejos, cristales, y demás materiales reflectantes sobre los que la cámara toma a Emil, no son recursos escénicos baladíes, sino un muy calculado y significativo análisis de la personalidad del protagonista, que oculta su cara real, pero se ve psicoanalizado, casi en un modo voyeurista, por el espectador, que ya no se cree las mentiras de Emil. Aunque más sutilmente, Akena, su hijo, también funciona como reflejo del protagonista, ya que es al único personaje al que ama. Lo describe con demoledora franqueza Elisa: “tú no quieres a tu hijo, TE quieres EN tu hijo”.

Las abundantes referencias bibliográficas que se revelan a lo largo del metraje, donde destaca un claro guiño a El proceso de Kafka, donde el protagonista se ve encerrado en un mundo del que no puede salir, al igual que Emil, es más evidente la alusión a Dante en cuanto a la estructura del filme: a modo de prefacio fílmico, hay un Nacimiento, en el que ya nos han mostrado los antecedentes necesarios: conocemos a los protagonistas y su situación personal. Tras esta pequeña introducción, va mostrando los demonios que Emil alberga en su conciencia al saber que pronto va a morir. En este momento reconoce el reiterado adulterio que ha cometido, que deriva de su egoísmo: es el descenso a los infiernos. En vano busca una redención, reuniéndose con cada una de las mujeres que ha amado, Fátima, Odile y Elisa, madre de Akena, para intentar, al menos, ser capaz de definir qué le unía a ellas, pero los tres tipos de amor que ha tenido en su vida, erótico, emocional y fraternal, son demasiados, y lo que es peor, son incompatibles.

Al ser un actor dentro y fuera del escenario, el trabajo de introspección de nuestro protagonista se ha visto superado por los roles que ha debido interpretar en su vida, de tal modo que Emil no se conoce a sí mismo: no sabe cuáles son sus intenciones, dónde va, a quién ama, cuál es su esperanza en la poca vida que le queda, en definitiva, qué va a hacer. Las tres mujeres exigen una respuesta, aunque con desiguales resultados, a estas cuestiones: Emil evita la confrontación por medio de evasivas. En un sentido u otro, se ha aprovechado de las mujeres, pero a la hora de la verdad, entre la pena y la nada, ellas eligen la pena.

Sus diálogos se ven a menudo interrumpidos por pesados silencios que él es incapaz de rellenar: son los silencios de un alma que se mantiene prácticamente indiferente al daño causado y es incapaz de encarar un futuro que le va a ser hostil. En este purgatorio también juega un papel clave la figura del hijo, que, con la pureza del que nunca ha hecho el mal, le plantea unas cuestiones a las que Emil difícilmente puede responder: ¿qué es la imaginación? ¿cuál es la diferencia entre memoria e imaginación? y la clave ¿te vas a quedar? Es aquí donde el protagonista, ante su YO reflejado de nuevo, muestra su fragilidad emocional por última vez, desiste en su empeño por mantenerse autoengañado y afronta el futuro. Será un futuro incierto, pero será el mejor posible para él, ya que se va a encontrar sobre las tablas, interpretando su monólogo, donde nadie le va a pedir cuentas, donde se puede mostrar como realmente es, lo que de verdad siente: ha llegado al Paraíso.

* Este artículo ha sido escrito por Nolasco Díaz Alcaide en el marco del primer Curso-Taller de Crítica de Cine del 10º Festival de Cine Africano de Córdoba (FCAT 2013), celebrado del 14 al 18 de octubre gracias a la colaboración del Instituto Andaluz de la Juventud y del Programa ACERCA de la AECID.

Deja un comentario