Mille Soleils (de Mati Diop, Senegal, 2013)

Autora: Laura García Moreno*

Cuarenta años han pasado desde que Djibril Diop Mambety grabara en Dakar su famosa película Touki Bouki, cuarenta años de la separación de aquella joven pareja de inconformistas, debido a la gran valentía de ella y al fuerte arraigo de él, cuarenta años de una nueva vida en el exilio de Anta, cuarenta años de la misma vida de siempre de Mory en Senegal. Ahora, después de todo ese tiempo, Mati Diop, sobrina del director de Touki Bouki, decide desplazarse a Senegal para investigar sobre el legado y la herencia que esa película dejó allí, sobre el protagonista y la vida que sigue, sobre la continuación de aquella historia. De esta forma, en Mille Soleils, una película ni larga, ni corta, no documental, no del todo ficción, la joven directora viaja a una África de la que ella no es parte, pero en la que guarda un gran tesoro familiar.

La película comienza con una pura escena africana, en la que aparece una manada de cebúes y un caminante solitario: Magaye Niang, el protagonista de la conocida película que al igual que su personaje decide permanecer en su tierra, con sus costumbres, con su rutina. Se escucha de fondo una gran canción de  Tex Ritter.

mille soleis

Para hacer más hincapié en la vida que este hombre decidió vivir, la directora nos muestra unas duras imágenes de un matadero en el que los trabajadores están sacrificando, despellejando, y preparando los animales para su posterior consumo. Son unas imágenes impactantes, incluso violentas debido a la cantidad de sangre que tinta el espacio y los cuerpos de todos los hombres.  

Magaye vuelve a casa, y tras tener una discusión con su mujer por la vestimenta que lleva, siempre manchada, sucia, desgastada como afirma ella, emprende su camino hacia la proyección de Touki Bouki que tiene lugar como conmemoración de su 40º aniversario. Pero debido justo a lo que su mujer le reprochaba, a su descuidada imagen, incluso los niños se burlan de él cuando les dice que es el protagonista de ese largometraje. “Mory lleva chaqueta” dicen los niños, “tú no puedes ser él, mira cómo vas vestido”.

Más tarde somos testigos de una conversación de amigos, de cómo le preguntan por lo que sucedió después de aquel triste final de la película, de cómo le reprochan no haber salido de Senegal, malgastando así su potencial como actor, de cómo le preguntan sobre su amor con Anta. Magaye lo cuenta, y le animan a llamar a su antigua compañera, a saber de ella, a renacer la historia, o a continuarla.

Llama la atención como justo después de esta conversación toda la pantalla es ocupada por un enorme paisaje del mar, acompañado por una música clásica que facilitan la meditación, reflexión y asimilación de todo lo conversado.

El tiempo pasa. Un reloj en primer plano. Dos relojes. Tres relojes. Magaye se decide a llamar a Anta. Tiene así lugar un bonito reencuentro imaginario, en el que él se entera de que su compañera se encuentra en Alaska, trabajando en una planta petrolífera, y que no tiene mucha intención de volver a Senegal.

Al salir del locutorio el protagonista ve estacionada la famosa moto que lo acompañó durante su película, la moto con cuernos, con su marca de personalidad.

Fotográma icónico del filme Touki Bouki
Fotográma icónico del filme Touki Bouki

Y se da a entender que este es el último empujón que anima a Magaye a ir en busca de su antiguo amor, porque la siguiente escena tiene lugar en Alaska, en un enorme campo de nieve, en el que al final se divisa a Anta, desnuda, lavándose. Tienen una conversación, pero ya no se les ve. Discuten sobre su hogar, sobre donde está, sobre cuando fue y cuando dejó de serlo. Acompaña al momento la conocida canción Solo ante el peligro. “Casa no existe hasta que te vuelves”. Este argumento parece no convencer a la mujer, pues Magaye vuelve a estar solo en su país, en su África, con su rutina, con su rebaño; son su vida.

Es una fantástica película a caballo entre el documental y la ficción, entre la realidad y el sueño, entre la razón y la pasión. Una película de tradiciones, de familia, de patria, una película de amor, de reivindicación, de ilusión. Una película que en mi opinión posee trama suficiente para tener una duración de dos horas, y no solo de 45 minutos. Ese es uno de los únicos puntos débiles que le veo. Es cierto que en menos duración se capta mejor la atención de los espectadores y el mensaje llega mejor, pero creo que sería necesario algo más de tiempo para explicar mejor lo que va acaeciendo, y así poder asimilarlo mejor. Esos repentinos saltos de Senegal a Alaska a mi parecer son demasiado bruscos, y debería ser algo más gradual, más racional.

Por otro lado bruscos son también los juegos de luces; la más profunda oscuridad deja paso de repente a un intenso azul del proyector de películas. Muchos flashes aparecen también a lo largo del documental.

Se aprecia la experiencia del protagonista, pero se aprecia también la inexperiencia de otros actores secundarios o extras, ya que su papel en la película no se aleja mucho de su papel en la vida real. Magnífica también la captación de la naturaleza propia africana, de la dureza de algunas imágenes, de la belleza de otras, de sus gentes, de su cultura.

Inmejorable la banda sonora. A pesar de la única aparición de un par de canciones no podrían ayudar más a entender el momento al que acompañan.

Mil flashes caracterizan este largometraje. Mil relojes. Mil soles.

* Este artículo ha sido escrito por Laura García Moreno en el marco del primer Curso-Taller de Crítica de Cine del 10º Festival de Cine Africano de Córdoba (FCAT 2013), celebrado del 14 al 18 de octubre gracias a la colaboración del Instituto Andaluz de la Juventud y del Programa ACERCA de la AECID.

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