La sonrisa guineana suspendida: el fallecimiento de Cheick Fantamady Camara

Autor: Michel Amarger (Africiné)

La noticia ha llegado de Guinea como un golpe, con retraso. Un golpe duro. Pero no es una sorpresa. La desaparición de Cheick Fantamady Camara el pasado 6 de enero de 2017 por la noche es el término de una larga lucha contra la enfermedad que le ha debilitado sin alterar sus sueños de cine. No parece útil recordar aquí las hazañas de Cheick en el sector audiovisual, ya que sus atentos compañeros ya lo han hecho sin demora. Y han hecho bien. A Cheick tampoco le gustaba mucho esperar. Aunque haya hecho de la paciencia y de la constancia una de sus mejores virtudes para seguir adelante.

El tiempo que he tardado en enterarme de su muerte, lo he pasado promoviendo imágenes del Sur en el corazón del continente africano. Cheick sabe de lo que estoy hablando. Es de su deseo de empujar los límites del marco que le han llevado de Guinea, donde nació en 1960, a Burkina Faso, tierra de cine, y luego a Francia, donde ha desempeñado su profesión y ha apretado los puños. El cine, lo ha vivido como un virus. Imperativo, doloroso, potente.

Destacamos su facilidad para orquestar el vals de los contrastes y de los enfrentamientos corporales en Konorofili, 2000, rodada en Francia. Medimos su capacidad para penetrar en la realidad de los campos de refugiados en África, donde la juventud sobrevive y se apaña, con Bè Kunko, 2004. El reconocimiento no se hace esperar. Y cuando Cheick se pasa al largometraje, con Il va pleuvoir sur Conakry, 2006, sabe divertirse con la peripecias de un caricaturista enamorado, hijo de un imán, pero también plantear cuestiones que frenan el desarrollo de Guinea, un país magnífico y vivo pero corrupto y todavía atrapado en tradiciones arcaicas.

Ese primer largometraje que agotó a todo el equipo, empezando por el cámara Robert Millié, es una manera de demostrar que Guinea puede inspirar y acoger un rodaje ambicioso. Cheick consigue formar un grupo de actores unido que, en su mayoría, vivirán con él la aventura del segundo largometraje. Morbayassa, Le serment de Koumba, 2014, es un nuevo reto, un desafío para contrarrestar la falta de medios y hacer emerger una película conducida con todo su peso. Una historia de transmisión.

El rodaje se desplaza a Senegal, luego se interrumpe por falta de dinero. La carrera de Cheick es continua, agotadora. Encuentra ayudas para filmar una segunda parte en un suburbio francés. Allí su protagonista, una antigua prostituta, busca su verdad, su hija, su equilibrio. Pero es durante esta carrera cuando Cheick se choca contra la enfermedad que le deja por los suelos. Se levanta de nuevo, lucha de nuevo para encontrar fondos y acabar la película. Una prueba que le socava pero que le permite exponer en las pantallas su visión del cine.

Cheick acompaña su trabajo con una sonrisa, una afabilidad constante. Se muestra dulce, amable, soñador, pero a lo largo de las conversaciones en los debates, intervenciones aquí y allá, salta la ira sorda que le anima. Ira contra la injusticia, el saqueo de las riquezas africanas, la colonización de las mentes, la dictadura de las religiones, las múltiples dificultades para hacer escuchar la voz de los cineastas del continente. El dolor, contenido en el día a día, vampiriza la energía de Cheick, preocupado por no agredir a los espectadores, entreteniéndoles con un espectáculo edificante pero placentero.

Con solo algunas películas en su haber, demasiado pocas, Cheick Fantamady se impone como director decidido, valiente, sensible. Con solo algunas películas dirigidas, Cheick Fantamady se impone como un cineasta africano siempre dispuesto a enaltecer, con calma pero con firmeza, la voz de los artistas del continente. Esta aportación se base en su concepción humanista, animista, respetuosa del mundo. Da mucho crédito a su vida de familia, sus amistades, sus fieles apoyos, sin sacrificar su cine.

Cheick persigue sus sueños mientras que su última película aún no ha sido distribuida en Francia, a pesar del reconocimiento internacional. Las heridas a veces fortalecen, las fuerzas pueden detener los golpes del destino y los obstáculos. La ira que no siempre corroe. La ira que Cheick ha contenido tal vez demasiado tiempo para no herir a los demás. Entonces, desaparece en París, con su eterna sonrisa, benevolente. Y echamos de menos a su mirada sobre el mundo. Pero los ecos de su voz suave y tranquila resuenan todavía. Como las imágenes, inalterables, creadas y compartidas por Cheick.

Traducción: Marion Berger

Artículo publicado originalmente en Africiné: http://www.africine.org/?menu=art&no=13923

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