Ikbal Zalila y el cine tunecino después de la revolución

Este año preparando la selección para la programación se ha constatado la importancia de las películas tunecinas más recientes, especialmente las de ficción, sobre todo por su calidad. La muy esperada Akher Wahed Fina (The Last of Us) de Ala Eddine Slim, premiada en la Mostra de Venecia, Inhebbek Hedi de Mohamed Ben Attia, galardonada en Berlín en 2016, o diversos títulos como À peine j’ouvre les yeux de Leïla Bouzid, Jassad Gharib (Foreign Body) la última de Raja Amari, Ghodwa Hay (Demain dès l’aube) de Lotfi Achour y el documental de Kaouther Ben Hania, Zaineb takrahou ethelj (Zaineb n’aime pas la neige). Visiblemente las películas tunecinas se exportan bien y son reconocidas en los festivales más prestigiosos. Por esta razón hemos decidido detenernos en la producción cinematográfica más reciente y comentar el estado del cine en este país del norte de África con Ikbal Zalila, miembro del jurado de la 14ª edición del Festival de Cine Africano de Tarifa – Tánger, Doctor y profesor de estética del cine, de análisis fílmico y de cine documental en la Universidad de la Manouba de Túnez, ex director artístico de las Jornadas Cinematográficas de Cartago.

África es Cine: ¿Podemos hablar realmente de una renovación del cine tunecino o de una “movida” tunecina retomando una expresión española que utilizan algunos medios de comunicación? ¿La producción de películas en Túnez ha aumentado realmente o simplemente tiene más visibilidad en el extranjero?

Ikbal Zalila: No creo que se pueda hablar de un aumento significativo en términos de producción, sin embargo, el cine tunecino está más presente en los festivales y esto es un hecho innegable. De ahí a hablar de una movida, personalmente sería más prudente, hay películas que han conocido un gran éxito internacional y bienvenido sea, pero no hay que establecer de la presencia en festivales el único criterio de la una película, o que sea indicativo de la buena salud de la cinematografía nacional. A mi juicio, lo más importante es que en esta coyuntura más bien favorable, la diversidad de las propuestas tenga acceso a los grandes festivales. El cine naturalista más bien inofensivo, que está donde se espera que esté, no es solo el único cine “legítimo” a los ojos de los grandes festivales, propuestas más radicales se han hecho un hueco y se han impuesto en estos grandes eventos (pienso en especial en The Last of Us en Venecia). Esto me parece un hecho de mayor calado, que denota un cambio real en cuanto a la manera en que nuestras películas son percibidas en el extranjero.

África es Cine: ¿Piensa usted que los primeros obtenidos por Inhebbek Hedi el año pasado en la Berlinale puede realmente suponer un estímulo para el cine tunecino?

Ikbal Zalila: No creo que un premio por sí solo pueda suponer un estímulo para toda una cinematografía, incuestionablemente se produce un efecto de arrastre en los beneficios de las películas en Túnez y más allá, pero los problemas del cine tunecino son más profundos y necesitan reformas atrevidas que los diferentes interesados del sector del cine tienen dificultad en llevar a cabo, incluso el diálogo entre las diversas generaciones de productores parece imposible. Volviendo a Hedi, lo que hay que subrayar, es el hecho de que es una película bien producida, dirigida con sobriedad y justeza. Me interesa mucho más la naturaleza de los premios cosechados por esta película. Obtener el premio a la mejor ópera prima y el de la mejor interpretación masculina muestra claramente un hecho importante que manifiesta un cambio en la percepción de las películas tunecinas (y por extensión, árabes) actuales en los grandes festivales. Con esos dos premios, es difícil hablar de la complacencia del jurado con una película “exótica”, procedente de un país que nos es simpático. Esta película ha sido apreciada por sus cualidades cinematográficas y no como objeto que supuestamente da cuenta (con mayor o menor felicidad) del estado de una sociedad tal como nosotros la imaginamos (el nosotros se refiere en este caso a “occidental”, para nada generalizable pero significativo en cuanto a la recepción de las películas del Sur en los grandes festivales). El premio a la mejor ópera prima desmiente el mito (más bien tenaz) de la coproducción como sinónimo de compromiso y el gran mérito del director ha sido el de pensar en desafíos desconectados de toda actualidad a través de un proceso sobrio pero fuertemente coherente. El premio a mejor intérprete masculino es importante en sí mismo ya que ha reconocido a un actor amateur para quien se trataba de su segundo papel en el cine y ha sido concedido por un jurado presidido por una gran actriz de cine, por lo tanto, es difícil decir que se haya producido cualquier tipo de complacencia. Este premio al cual nuestros actores están poco habituados podrá eventualmente servir de estímulo para muchos jóvenes que estén iniciándose en la profesión y sobre todo incitar a los directores que los han lanzado (Jilani Saadi lanzó al propio actor Majd Mastoura en Bidoun2), a continuar apostando por caras aún poco conocidas.

África es Cine: En 2011 en el FCAT, nos preguntábamos sobre la posibilidad de hacer un cine más comprometido en un país donde la censura hacía estragos. Bajo el régimen de Ben Ali, algunos directores como Nouri Bouzid escaparon de la autocensura. ¿La caída del régimen ha liberado realmente el cine en Túnez?

Ikbal Zalila:

Permítame que en primer lugar precise el término compromiso, que no se limita a mi juicio al despliegue de un discurso frontal contra la opresión, menos aún a un eslogan de agitación aquí y allá por parte de ciertos directores, generalmente a posteriori y con un objetivo esencialmente estratégico que a continuación sirviera para justificar todas las imperfecciones de su cine. No creo que el régimen de Ben Ali haya sido tan severo con los cineastas, no lo digo para limpiar el nombre de nadie, pero los hechos son claros, el número de películas censuradas es ridículo en comparación a lo que ha podido ocurrir en otras disciplinas artísticas como el teatro o la literatura. El sistema integró muy rápidamente el hecho de que tenía interés en soltar lastre en el ámbito del arte para mejorar su imagen en el extranjero y asentar el mito de un régimen tal vez autoritario pero benévolo con sus artistas. Las líneas rojas claro que han existido pero tienen más que ver con cineastas más bien integrados en el sistema. El compromiso, volviendo al asunto, hay que situarlo en algunos jóvenes cineastas que se embarcaron en la aventura del cine, sin medios, sin cálculo y con enfoques en los que el cine era el centro. El compromiso, si existe, reside en la forma y su cuestionamiento no está en el discurso directo. Sin poner en cuestión la importancia de las películas de Nouri Bouzid, me parece que en ningún momento le ha hecho sombra al sistema de Ben Ali. Bouzid ha llevado a cabo un combate esperable, convencional y muy “funcional” con respecto al régimen de Ben Ali, contra los conservadores, el Islam político y la tortura durante el régimen de Bourguiba.

Volviendo a su pregunta, el enfoque después de 2011 está menos centrado en liberar la palabra, sino en liberar el cine tunecino de la palabra, en el sentido de crear un discurso en primera instancia que pretende desafiar el orden establecido. Es urgente que pensemos en el mundo a través del cine y romper con el culturalismo bien intencionado que reduce el cine a un mero pretexto.

África es Cine: Entre las películas que hemos podido ver, la revolución aparece a menudo como telón de fondo. Películas como la de Leila Bouzid (A peine j’ouvre les yeux), Mohamed Ben Attia (Inhebbek Hedi o de Lotfi Achour (Demain dès l’aube) replantean las cuestiones de una sociedad a punto de explotar y se preguntan sobre los efectos de la revolución. ¿Piensa que supone una necesidad para asimilar los cambios que se han producido en la sociedad durante los últimos años?

Ikbal Zalila: No pienso que se pueda establecer una comparación entre las películas que usted cita en cuanto a su relación con la Revolución. En Hedi aparece muy sutilmente. De la película de Leila Bouzid, como espectador el rótulo del principio me da las instrucciones de interpretarla como una historia que transcurre antes de la Revolución, como si una cosa conllevase a la otra, algo que en mi opinión perjudica a la película, por lo tanto no es el tema principal. En cuanto a la película de Lotfi Achour, el momento revolucionario es el centro de las peripecias de la cinta pero cinco años más tarde, en una suerte de retorno nostálgico. Comprendo que los cineastas sientan la necesidad de regresar a ese momento, es totalmente natural después de todo y a pesar del desencanto que sentimos todos hoy en día, vivimos un gran momento, la transición es larga, penosa, insostenible para muchos, pero hay algunos logros que los tunecinos han obtenido con gran valentía que es indispensable valorar sobre todo porque resultaba impensable. Como cinéfilo que soy, el problema es que en primer lugar no me interesan tanto los sujetos, sino las propuestas cinematográficas en sí, poco importa que traten de la revolución o de otros temas. Tratándose de cine donde la revolución constituye la trama principal, es decir, un cine que se inscribe en una intención histórica, existe una obligación de fidelidad con la Historia, una ética de la representación que debe prevalecer. Además pienso que es temprano aún para ver grandes películas sobre la revolución tunecina, las cosas no han madurado todavía y sólo tenemos en cuenta verdades parciales, ¡como mucho! El riesgo de algunas películas es que el tema se acaba transformando en un filón pero, ¿hasta cuándo?

África es Cine: Belhassen Handous aborda también este contexto revolucionario en su diario audiovisual, Hecho en Casa, la primera película tunecina totalmente grabada con un teléfono móvil. ¿Esa elección de película con presupuesto reducido corresponde a una voluntad personal de los directores o se traduce en una falta de apoyo económico por parte de las instituciones?

Ikbal Zalila: Hecho en casa, no estaba destinada a ser una película, su director es un amante de la imagen, desde hace tiempo se dedica a la fotografía y los extractos de su vida que grabó son el fruto de la necesidad de inmortalizar ciertas cosas de ese momento de su existencia. Conozco bien al director, no creo que le haya tentado la idea de un tipo de producción clásica incluso cuando se hacía más nítida la idea de convertir esos momentos en una película. Y pienso que mejor así, las cualidades de la película residen además en su sinceridad, en su sensibilidad y sobre todo en su gran fragilidad. Dicho esto, los problemas de financiación para los directores jóvenes existen pero no es algo nuevo y la producción cooperativa entre amigos con muy pocos recursos se ha convertido en la regla general en muchos proyectos. No sé si es una experiencia modélica, lo que es seguro es que hay que emprender reformas a nivel de funcionamiento de las subvenciones para establecer una partida reservada a las primeras y segundas producciones. No será suficiente, dado que el número de candidatos ha aumentado exponencialmente, por ello apelo a lo que yo llamo nuevas formas de producir y coproducir que no sean enteramente subvencionadas por el Estado. El hecho de hacer una película pobre no se decide, pero cuando el deseo de cine impera ante todo y cuando hemos guardado luto por los subsidios del Estado, nos las apañamos con lo que tengamos. A título personal, incluso bajo el régimen de Ben Ali, siempre he animado a los jóvenes a estar presentes en las comisiones de selección, pues el dinero era público y no de Ben Ali. Incluso si el funcionamiento de las comisiones pecó a menudo de falta de transparencia, un amiguismo que perdura, hay formas de evitar la política de la silla vacía cediéndole el lugar a los mediocres y a los arribistas de turno.

África es cine: ¿Han cambiado las cosas en Túnez en términos de distribución y de prácticas cinematográficas? ¿El público tunecino ha tenido un acceso más generalizado a las películas tunecinas? ¿Las películas llegan a crear debate en el seno de la sociedad?

Ikbal Zalila: Según las informaciones que he recibido, la explotación del cine tunecino va mucho mejor que antes, se alcanzan doscientos mil espectadores, algo que supone un récord si comparamos a hace diez años. Algunas distribuidoras, las más serias y comprometidas llegan a vivir dignamente de su profesión. Sin embargo, este logro no está repartido equitativamente: mientras el número de salas ha aumentado ligeramente en Túnez capital, el interior del país queda menos abastecido, aunque ese desequilibrio queda compensado por la abundancia de manifestaciones sobre cine en casi todos los puntos del interior del país, generalmente organizadas por las casas de la juventud o de la cultura. Es más, todos los directores tunecinos presentan sus películas en estas regiones con encuentros con el público, debates promovidos por las distribuidoras y los productores. Esta vitalidad es de buen recibo aunque quede mucho por hacer en materia de equidad regional. Y a este nivel el voluntarismo del Estado es indispensable para alentar las inversiones en las salas de cine o en espacios culturales multiusos. En cuanto a los debates creados en la sociedad por las películas, no lo veo tanto estos últimos años, debates sobre una película sí pero no hasta el punto de que se transformen en debates que puedan influir a nivel social. Las películas que funcionan bien mantienen un consenso en sus temáticas, gusten o no gusten, ahí se para el debate, el cine no es una válvula de escape y tal vez sea mejor así.

África es Cine: Por último, en Túnez se celebra uno de los festivales más antiguos y prestigiosos de África, las Journées Cinématographiques de Carthage, que ahora es un anual. Además usted ha sido programador en el mismo. ¿Qué papel tiene este evento hoy en día?

Ikbal Zalila: Es un festival importante que se muere por no haber sido replanteado.

 Entrevista realizada por la programadora Marion Berger a Ikbal Zalila, profesor y crítico de cine tunecino y miembro del jurado oficial de la 14ª edición del FCAT

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