África en los festivales de cine

Autor: Olivier Barlet (africultures)

¿Qué lugar ocupan las películas de cineastas de ascendencia africana en los festivales de cine? La invisibilidad y la marginación parecen ser su destino, pero la cuestión es compleja.

Cada año examinamos la programación de los grandes festivales para ver si las expresiones artísticas africanas tienen representación. Las pocas películas seleccionadas suelen ser elogiadas, especialmente aquellas que han cruzado el Rubicón del reconocimiento internacional. Regresan a su tierra de origen coronadas con un aura: el de la aceptación. Al igual que en la edición de Cannes de este año, si bien las películas del Magreb, con formas bastante logradas, llegan a ser seleccionadas en ocasiones, el África negra sólo es representada por miradas occidentales o coproducciones con una fuerte representación occidental. Lo de la aceptación es una cuestión antigua. Comienza con las independencias, cuando París era el único lugar de reconocimiento artístico para el África francófona. Esto es algo que no ha cambiado mucho: mientras en África no se desarrollen festivales de gran envergadura y una difusión pertinente, la aceptación no llegará desde interior del continente. El FESPACO (festival bienal que tiene lugar en Uagadugú los años impares) habría podido ser el escaparate de los cines de África y un trampolín para sus creadores. Mahamat-Saleh Haroun, cineasta del Chad cuyos largometrajes han sido seleccionados en Venecia o Cannes, donde obtuvo el premio del jurado en 2010 por Un homme qui crie, declaró a Africultures querer boicotearlo e invitar a sus compañeros a hacer lo mismo. Para él este festival histórico, cita obligada y peregrinaje para los profesionales del sector, se ha convertido en “una suerte de Titanic donde nos autocongratulamos dentro de la mediocridad”. Las ediciones precedentes no han sido brillantes pero la más reciente, de febrero-marzo de 2017, fue la confirmación más triste: películas poco dignas de una selección oficial en una programación de una gran debilidad, mientras películas de calidad se quedaban fuera. Por el contrario, las últimas ediciones de las Jornadas Cinematográficas de Cartago han aumentado el nivel, pero su subordinación al Estado tunecino como el FESPACO al Estado burkinés, lastran su pertinencia y su vitalidad. “Europa ya no es mi centro”, le gustaba decir al alabado y respetado decano Sembène Ousmane. Esto no le impidió desarrollar una visión abierta hacia los intercambios con el mundo en su conjunto. Era muy consciente de que el ensimismamiento no podía ser la válvula de escape para África. No rechazaba la programación de sus películas en Cannes o en otros festivales internacionales. Todo artista necesita enfrentarse a otros lugares, si no corre el riesgo de encerrarse en un gueto. Sin embargo, algunos cineastas africanos actuales han vuelto a situar África en el centro y se desmarcan de esa falta de representación del cine africano a través de la excelencia de contenidos.

Discurso y representación

¿Pero cómo encontrar un lugar en el mundo mientras el discurso literario y cinematográfico queda estructurado por la marginación? No es extraño que se espere de un africano que no salga de su bosque y que se le cuestione sin cesar acerca de su africanidad. ¿No resulta contradictorio querer salir del margen para afirmar un lugar en el mundo incluso cuando encontramos en el margen una estructura identitaria? El viaje humano de los cines de África del siglo XXI persigue efectivamente la solidaridad histórica con los oprimidos. “Los héroes no me interesan”, afirma por ejemplo el marroquí Faouzi Bensaïdi, que transmite en sus películas “un afecto particular por los perdedores, por los marginados”. Esa consciencia de las heridas de la Hstoria y del sufrimiento del mundo, esa sesibilidad por los marginados del progreso, ¿no implica que haya que reivindicarse lejos de las máquinas de dominación, desde la periferia de los centros de poder?

Mahamat Saleh Haroun

La solución que tomaron los cineastas más destacados fue afirmar su imaginario personal sin reivindicar una identidad o un territorio. Esto permite afirmar un espacio propio con toda igualdad, sin sospechas de imitación o mimetismo, con una estética que rompe con el dominio del espectáculo y del consumo, compartiendo de este modo el combate de los cineastas que resisten a la uniformización y al aplanamiento. Por tanto, el problema es el público, que encierra fácilmente a los cines de África en lo que le gustaría que fuesen: frescura, complemento del alma, intemporalidad de un África mítica: se mantiene una visión colonial mientras África se mueve al ritmo del mundo. Los miembros de las comisiones de financiación y los programadores de los festivales son quienes eligen las obras en función de las representaciones de África que tienen aún en la cabeza. Y son los espectadores de los “festivales de películas africanas” quienes esperan dejarse hechizar por tarjetas postales que replantean los problemas del momento. Estos festivales aparecen como guetos ambiguos, pues al mismo tiempo tratan de difundir películas con poca visibilidad. Estos festivales son necesarios aunque las expresiones culturales africanas resulten marginadas, con el peligro de que quede su pertinencia para el presente quede apartada.

Se trata de un combate contra la mirada reduccionista a todos los niveles. Para empezar, la suya, que integra la del otro, y por supuesto el punto de vista del otro, el dominante: “Estamos frente a ventanillas que nos tratan a todos por igual, como pobres cineastas a los que hay que ayudar”, comenta Mahamat-Saleh Haroun. Todo el sistema del “cine africano” encasilla las películas en un circuito de festivales especializados que les asegura visibilidad, a falta de nada mejor, pero donde se encuentran marginados. “Nacemos marginales y terminamos marginales. Ningún cineasta que se respete a sí mismo sueña con algo así”, añade. La reivindicación de la igualdad, tan presente en las primeras películas de África ha desembocado en el mantenimiento de una jerarquía: “El problema es justamente partir de ese deseo de ser igual al otro pues revela un complejo”, comenta de nuevo Haroun. “Tomamos el punto de vista del otro y pretendemos demostrarle que somos sus iguales. Este complejo inaugura un cierto tipo de cine que se pierde en sus intenciones en lugar de contarnos el mundo desde un punto de vista original que nos afecte y nos emocione”. Por lo tanto, ahora toca asumir la Historia y no servirnos de ella como un freno, sino como una riqueza y una fortaleza.

Artículo publicado originalmente en Africultures: http://africultures.com/lafrique-festivals-de-cinema-14134/

Traducción: Alejandro de los Santo

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